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Pocas personas tenemos el privilegio de representar con nuestro gentilicio, no sólo nuestra procedencia geográfica, sino también el origen de nuestras pasiones futbolísticas. Nací en Cali y soy hincha del Cali desde 1978. En mi ciudad, el fervor futbolero rebulle en cada rincón. La fiebre del juego se multiplica como un virus implacable que contagia a propios y extraños. Yo no sería la excepción, desde que tengo uso de razón empecé a manifestar los síntomas: no dormía repasando las jugadas del último partido (visto o jugado), despertaba en medio de sueños de gloria en los que levantaba copas mundiales con la camiseta de la Selección, pintaba con marcador verde números en el dorso de mis camisetas, y me detenía embelesado en cualquier lugar en el que un grupo mayor a dos personas estuviera golpeando una pelota con los pies. Contrario a los pronósticos de mi madre, la infección se fue haciendo más virulenta con el pasar de los años, la radiola de mi casa materna ya no tocaba música sino fútbol en todas sus presentaciones, y para agudizar la condición, mis vecinos de enfrente resultaron ser parientes de Gumercindo Riascos, ilustre defensor del Deportivo Cali, y con la ayuda de mi madre logramos persuadirlos para que me llevaran al Pascual Guerrero cada que jugaba el Verde Azucarero. Desde esa época, muchas cosas han cambiado en mi vida. Sin embargo, contrario a los pronósticos de mi esposa, la infección se ha seguido agravando. He cambiado de casa, de ciudad y de trabajos, he estudiado diferentes cosas, he adoptado diversas filosofías de vida, y el Cali ahí. Ya no sólo pasó horas enteras pegando alaridos en el Pascual, ahora no puedo separarme de la pantalla del computador o el televisor, veo fútbol en la mañana, la tarde, la noche y la madrugada. ¿Vieron el partidazo que se jugaron anoche el Club Deportivo Guabirá y Estudiantes Fontanilla? Es una lástima que estos juegos interesantísimos sólo los transmitan a las dos de la mañana. La terapeuta me informó que mi condición no tiene cura. Afecta por igual a personas de todos los estratos sociales y edades, con prevalencia en hombres. Deberé aprender a convivir con mi pasión verdiblanca. Pero no todo es malo, la situación se puede manejar por medio de ejercicios y actividades. Es por eso que iniciamos este espacio, todos aquellos que se consideren portadores del virus del fútbol, y en especial de la cepa Deportivo Cali, podemos congregarnos en este lugar para un poco de terapia de grupo, la terapeuta me habló de las invaluables bondades de esta metodología. Sólo les pido un favor: compartamos todos nuestros puntos de vista con respeto y tolerancia. A nuestro fútbol ya le sobran problemas, y ya es hora de pensar en cómo a través de estos medios podemos plantear soluciones sensatas, pacíficas y duraderas. Diego F. Mejía |